La principal causa del sufrimiento

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Para que todos los seres humanos sufran más o menos equitativamente en esta Tierra, el Creador nos ha dotado a todos de un umbral cambiante de sensibilidad. Si una persona vive en la pobreza, sufriendo privaciones (como sucede, por ejemplo, en tiempos de guerra, en una prisión o en regiones superpobladas de ciertos países asiáticos), trabajando de sol a sol, en la inmundicia o hacinado en un cuchitril con 10 o 15 vecinos, el umbral de sensibilidad cambia de tal manera que la persona no lo advierte y se acostumbra a esas condiciones, que considerará lo normal. 

Sin embargo, para los consentidos habitantes del mundo occidental, la sensibilidad aumenta. Para ellos, un sueño desagradable, una mirada de reojo de un funcionario, un retraso de 10 minutos en el transporte u otras nimiedades en las que ni siquiera piensan quienes viven en situaciones difíciles pueden convertirse en una tragedia. 

Después de una noche sin pegar ojo, puede que un occidental acuda a buscar asistencia psicológica. Allí, mucha gente acaba internada en un hospital psiquiátrico con un diagnóstico de esquizofrenia. Incluso hubo un caso de un millonario que se quitó la vida cuando quebró, aunque aún le quedaba 2 000 000 $.

El suicidio es mucho más común en entornos de prosperidad que de indigencia. Por eso, la mejora de los estándares de vida, la riqueza y los lujos no proporcionará la felicidad deseada. Las personas se acostumbran muy rápidamente a lo bueno y siguen sufriendo, quizá incluso más que cuando vivían con privaciones. Eso es porque la ausencia de la lucha por sobrevivir las vuelve más débiles y vulnerables. 

La felicidad verdadera solo puede conseguirse mediante el dominio de nuestros estados de ánimo, al ser capaz de desvincularnos conscientemente de las emociones negativas, superar las falsedades que las producen y evocar en nosotros emociones sublimes que puedan dar sentido a nuestra vida y llenarla de felicidad. 

Todas las emociones negativas se basan en el egoísmo, que es la principal causa de la infelicidad. 

Cuanto más piensa una persona en sí misma y más se mira el ombligo, peor se siente, y más difícil le resulta la vida. Cae víctima de la ilusión de que nada de lo que le rodea es como debería ser y todo está diseñado para hacerle sufrir. 

Cuando una persona vive para los demás en lugar de pensar en sí misma, se siente de maravilla, porque la principal causa del sufrimiento (la preocupación por uno mismo) ha desaparecido.
 

 

 


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